Sueña en tecnicolor

Una noche a mediados de diciembre del 2003, Miguel Ángel Herrera soñó con destelleantes cubos de colores que se transformaban y originaban otras tantas formas geométricas, todas volteando hacia el cielo y llenándolo de una felicidad que sólo el subconsciente ofrece.

Esos colores y formas lo han guiado en una odisea de cinco años, con más obstáculos que oportunidades, por convertir ese sueño en realidad.

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Don Miguel tuvo un sueño en donde cientos de figuras de colores lo rodeaban.

Sin un empleo fijo luego de trabajar por décadas en el sistema aduanal mexicano, un día de diciembre del 2003 oró y rogó a Dios que lo iluminara para encontrar un empleo y sacar a su familia adelante. De ese ruego llegó por la noche un sueño que después convertiría en los rompecabezas de su empresa Mosaico Spin.

En realidad, los diciembres son clave en la vida de Don Miguel: fue en el diciembre del 2004 que recibe el reconocimiento al mejor proyecto productivo por parte del Gobierno de Aguascalientes, y fue en ese mes del 2007 que le notificaron de su ingreso a la Incubadora Social del Tec de Monterrey.

Don Miguel es un entusiasta de 52 años, de estatura mediana, moreno y con ojos negros que transmiten toda la emoción que le provoca recordar esas figuras coloridas y todos los planes que tiene para vivir de ellas.

Rombos, triángulos y cuadrados de colores vivos que forman decenas de otras figuras más, son la base de sus rompecabezas planos construidos de materiales como fomy, madera, y trovicel.

Nos recibe en su hogar ubicado en el ejido Peñuelas, más allá del sur de la ciudad de Aguascalientes. Al llegar nos abre la puerta amable y sonriente entre el polvo provocado por el taxi que nos lleva entre las calles no pavimentadas.

Ya sentados en el comedor de su casa,  su entusiasmo se destaca desde el primer momento: no escatima en contar todo detalle relacionado con sus sueños de colores. Mientras, su esposa doña Guillermina Cruz, seria y callada, plancha ropa en una de las habitaciones al fondo, pendiente de la entrevista. En las paredes de su casa se muestran fotos de las bodas de sus hijos, Miguel Ángel, de 28 años, y de Mónica Beatriz, de 25.

De toda su familia, que es originaria del DF, Mónica es su conejillo de indias, su cómplice y su mejor aliada, dice. Fue ella quien lo instó aquella mañana de diciembre del 2003 a materializar su sueño.

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Construidos, aplastados y revueltos, los rombos cambian y sorprenden con color.

Llegan los colores

Don Miguel cuenta que luego de trabajar por años en una agencia aduanal de Nuevo Laredo, por su conversión al cristianismo y conflictos en su empleo, él y su familia deciden regresar a Aguascalientes en julio del 2003.

Egresó de la última generación de Licenciado en Vista Aduanal de la Escuela Nacional de Capacitación Aduanera en 1985 (esa escuela cerró luego de derrumbarse en el terremoto de septiembre de ese año).

Triste, menciona que estuvo meses sin trabajar, por su edad y su experiencia sólo en el ámbito de aduanas, luego le quitaron su casa que tenía en la ciudad. Se vio desesperado.

“Yo le oré a Dios: dame trabajo, no sé hacer otra cosa”, recuerda con sentimiento. “Y esa noche yo tuve un sueño muy vívido, de esos muy tremendos, que yo veía el cielo muy azul, haga de cuenta que un foco lo iluminaba por detrás. Muy vívido.  Y luego muchos cubos en el cielo, todos los cubos tenían una figura de cuadros de colores, todos los cubos al mismo tiempo se daban vuelta hacia el cielo, y salía otra figura, y de colores muy intensos.  Y eso me dejaba muy asombrado. Me impresionó mucho y en la mañana les conté a mi hija y a mi esposa”.

Su hija, hoy de 25 años, estaba con ellos de vacaciones de sus estudios de químico biólogo en la Universidad de Montemorelos y al ver el entusiasmo de su padre, fue quien sugirió que los dibujara para que no se le olvidaran. En cambio, su esposa ha estado un tanto más renuente en apoyar sus metas. Al tratar de recordar la noche exacta de su sueño, le pregunta a su esposa.

“¿Cuándo llegó Mónica, gorda?”, le pregunta. “¿de vacaciones?”.

“No sé, 18 ó 19”, contesta su esposa seria.

Don Miguel tiene cuatro gatos a los que adora. Y hasta en eso difiere con su esposa, quien no es fanática de las mascotas en general. Su hijo, quien trabaja en el Inegi, tampoco es muy afecto a los rompecabezas, pero de cualquier manera lo anima.

Sin embargo, él no se detiene ante ese y otros obstáculos mucho mayores. Como el primer día, sigue creyendo en su misión: crear rompecabezas para entretener y educar tanto a niños y adultos con sus figuras coloridas. Orgulloso, muestra el primero que hizo, cuando todavía no sabía que era un rompecabezas como tal.

“Este es el orginal, así fue como lo soñé”, expresa mientras da vuelta a los cubos de colores hechos con madera y pintados de manera irregular.

El primer conjunto de cubos lo hizo con un palo cuadrado que tenía y lo pintó en colores diferentes en cada una de las seis caras. Así, cuando se sacaba uno de los 44 cubos, era difícil volver a colocarlo en el mismo sitio para que se mantuviera la figura creada originalmente.

Don Miguel empezó a vender los rompecabezas en 10 pesos, porque eran los primeros y estaban “mal hechos”. Los seguía construyendo en el techo de su casa, en donde ahora tiene un cuarto en construcción que alojará su taller. Siempre anotando las figuras que salían de cada rompecabezas, dio variedad a los colores y a las formas.

Luego de unos meses de ventas esporádicas en su propia colonia y mucho trabajo para fabricarlos, uno de los pastores de su congregación, admirado, compró para sus hijos varios rompecabezas y le aconsejó que fuera al gobierno para obtener apoyo.

En abril del 2004 asistió a un “Miércoles Ciudadano” organizado por el Gobierno del estado y una persona le ayudó a ingresar al Instituto de Desarrollo de Aguascalientes, en donde le enseñaron cómo hacer una empresa, darse de alta y empezar su aventura emprendedora.

“Yo sabía que tenía algo, pero fue ahí que definí que era rompecabezas “, recuerda.

Don Miguel, emocionado moviendo sus manos continuamente, explica que cuando terminó ese programa le dieron 10 mil pesos para empezar a fabricar y vender.

“Y sin saberlo yo, metieron el producto a la Secretaría de Trabajo, donde valoran cada año a los productos”, continúa, para luego decir conmovido que fue reconocido como el mejor proyecto industrial del 2004. En general, su humildad es evidente, pero hay momentos en los que el orgullo lo llena.

Como parte de ese reconocimiento, obtuvo un vale para maquinaria, así que solicitó una sierra y un aerógrafo, lo que le permitió mejorar la calidad de sus rompecabezas. Antes, dice, pintaba a mano, así que ahora pudo jugar más con sus figuras.

Llegado el 2005, y luego de ventas todavía esporádicas, Don Miguel decide mudarse a Montemorelos, en Nuevo León, para apoyar a su hija en la universidad. Avisó a la Secretaría del Trabajo de sus intenciones, con la idea de llevarse la maquinaria, pero no le permitieron llevársela porque estaba en comodato. La situación pareció solucionarse con una carta dirigida al Gobierno de Nuevo León para que le apoyara con la misma maquinaria.

Mientras vemos la serie de rompecabezas que tiene colgados en la sala de su casa, nos platica que en Montemorelos, el asunto se complica.


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Luego del apoyo del Tec de Monterrey, Don Miguel sigue en la lucha.

“De hecho, se complicaron porque teníamos que pagar más y yo no tenía trabajo”, platica Herrera, con los ojos a punto de llenarse de lágrimas, al recordar esos tres años en Montemorelos, a donde llegó con su esposa para apoyar a su hija con sus gastos de internado y carga académica.

A pesar de los tropezones que relata, Don Miguel muestra constantemente en su cara redonda una sonrisa franca, a la que le faltan unos cuantos dientes. Es contagiosa y busca la aceptación de los interlocutores. Su pelo negro resplandece con el sol de mediodía en este quieto lugar.

En Nuevo León nunca le dieron la maquinaria prometida por el gobierno en Aguascalientes. Tampoco pudo a dar clases como planeaba en la Universidad de Montemorelos, ni siquiera en el área de mantenimiento de esa institución le dieron trabajo. Así que tuvo que entrar como ayudante en una carpintería, en la que aprendió a cortar, a lijar y a pintar en madera.

“Aprendí todo eso y aparte me pagaban, pues imagínese”, expresa.

Viendo siempre oportunidades donde aparecen sólo imposibles, se dio cuenta que podía reutilizar los recortes de la carpintería para hacer sus cuadritos y volver a hacer sus soñados rompecabezas, ya con maquinaria más especializada.

Su contacto con los dueños de la casa en cuya azotea vivía, lo llevaron a un funcionario del municipio de Montemorelos, quien pareció abrirle una nueva ventana de oportunidad al sugerirle que participara en una expo de ciudades hermanas en Laredo, Texas. Así, se dedicó, no sin obstáculos de por medio, a fabricar rompecabezas para llevar a la muestra.

Luego de un préstamo de 2 mil pesos de un amigo, con los cuales compró material y fabricó 95 rompecabezas, se fue junto con un hermano de la congregación local a la muestra de tres días.

“Llegamos, nos instalamos… y el primer día vendimos dos rompecabezas”, recuerda mostrando la decepción de aquel entonces. “Y el compadre me dijo ‘ahí te quedas, no voy a sacar con esto ni para la gasolina’. Y le dije ‘no me dejes’, le rogué y no quería quedarse. Lo convencí de quedarse otro día, y si no salía nada, se iba”.

Su suerte pareció cambiar al día siguiente, cuando un grupo de personas del gobierno de Texas llegó a visitar su módulo y quedó maravillado con la idea de los rompecabezas. Tanto así, que le dijeron a Don Miguel que le harían un buen pedido para las escuelas públicas. Abrumado con la simple noción, al terminar la visita oficial, corrió al baño a mojarse la cara y tratar de despertar de lo que parecía un cuento. Su compadre le dio otro motivo para buscar espabilarse: Texas quería 40 mil rompecabezas.

¿Al fin se hace realidad el sueño? La realidad, cruda, regresó junto con él a Montemorelos.

No pudo obtener un crédito paraguas por falta de garantías, no tenía la patente requerida por Estados Unidos para poder vender su producto, y su hija se había inscrito en todas las materias en la universidad. Seguían las complicaciones.

Una de ellas la resolvió en Cintermex, en Monterrey, en la Oficina de Patentes… aunque muy apenas. Resulta que un juego no puede ser registrado, pero la encargada de la oficina vio lo educativo del producto y decidió otorgársela. Uf, una menos: obtuvo la patente de su primer rompecabezas en el 2006.

Y luego a buscar el dinero. Como no tenía propiedades ni avales, en ningún banco en Nuevo León se le pudo otorgar ningún tipo crédito.

Así, en agosto del 2006 decidió regresar de nueva cuenta a Aguascalientes, su tierra adoptada. Pero tampoco ahí le pudieron ayudar, porque resulta que una vez otorgada una ayuda del gobierno, ya no se ofrece una segunda.

“¿Y ahora qué hago?, me dije, y empecé a batallar, todo 2006, 2007… no conseguía nada, empecé a hacer mis rompecabezas con serigrafía y pues ya por diciembre del 2007, ya había perdido toda esperanza”.

Pero fue en ese diciembre, poco antes de que desistiera por completo de su idea, cuando al ir a vender sus juegos por la colonia España, donde está ubicada la Incubadora Social del Tec de Monterrey, le cambió la suerte.

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En su taller de la planta alta de su casa, Herrera sigue trabajando en sus colores.

Otro diciembre de cambios

Vio el letrerote, cuenta Don Miguel, y decidió entrar a la Incubadora Social del Tec de Monterrey. Con una amplia sonrisa, como de quien encontró al fin la solución, recuerda que fueron muy amables y le hicieron muchas preguntas.

¿Usted tiene una empresa? Sí. ¿Y qué hace? Rompecabezas. ¿Y cuántos empleados tiene? Soy solo. ¿Y cuánto gana? 400 ó 500 pesos por semana.

“Me dijeron, pues mire, nosotros les ayudamos a las empresas a crecer a tener más ventas, les damos capacitación”, platica, y eso le sonó interesante, pero no tanto como para salir de la desesperanza en que se encontraba.

Ese bajón, el primero que casi lo obliga a olvidarse de su sueño de colores, se convirtió en esperanza: el Tec le habló antes de terminar diciembre para decirle que era factible ayudarlo en su caso.

“¿Y no me van a cobrar?”, les preguntó.

“No, no le vamos a cobrar nada”, escuchó como respuesta.

De ahí en adelante, todo fue una aventura de aprendizajes, entre cómo mejorar su producción, cómo administrar sus materiales, cómo establecer la imagen y la marca.

“Aprendí muchas cosas, uno no es empresario, gracias a Dios que me dio el don de hacer rompecabezas, pero todo lo demás lo tuve que aprender”, expresa emocionado. “Me dieron clases en la computadora, de cómo llevar los aspectos legales, de cómo interactuar con los clientes, cómo mantener a un cliente satisfecho, muchísimas cosas”.

En el semestre enero-mayo del 2008, estuvieron con él Alan XXXX  y Juan Carlos XXXX, quienes le dieron su plan de negocios. Con el plan de negocios, solicitado por los bancos para otorgar créditos, pidió ayuda, pero ahora le dijeron que la empresa tenía que tener en funcionamiento al menos un año para poder dar apoyo financiero. Otro obstáculo más.

No se detuvo, siguió produciendo e ideando más rompecabezas: a la fecha tiene más de 60 distintos, los cuales piensa patentar este año.

Los alumnos Hugo XXXX, Cassandra XXXX y Rocío XXXX, le apoyaron en el semestre de agosto-diciembre en la etapa de comercialización. Ahí se dio cuenta de que fallaba en la compra de materiales; gracias a la recomendación de comprar al mayoreo, pudo bajar el precio de sus juegos de 150 a 60 pesos. También le ayudaron mejorar la producción, tanto que ahora puede hacer casi 200 rompecabezas por semana.

Y de nuevo acercándose otro diciembre, el año pasado le surge otra oportunidad: participar en la Expo Pyme en el Centro Banamex del DF. Ahí, un empresario mexicano con presencia global le prometió distribución internacional. Si se logra, podría ser el gran golpe que Don Miguel, y por supuesto su esposa doña Guillermina, tanto desean.

“El Tec me ha dado mucho”, expresa Herrera, mientras muestra un display que le crearon para su stand en la Expo Pyme, así como otros gafetes de sitios a donde ha asistido gracias a la intervención de la Incubadora Social, como la Primera Feria del Juguete y el Día del Microempresario.

“Hasta pude saludar allá en México al Presidente (Calderón) de mano y todo”, recuerda con orgullo, levantando el pecho y sus manos morenas.

En contraste con eso, al preguntársele del apoyo de su esposa en este camino, estornuda, duda, ríe nervioso.

“Pues mire, cómo le diré, como no ha habido todavía resultados económicos, pues ha sido difícil… ha sido así como una pelea. Yo me pongo en sus zapatos, y cuando no hay dinero, ella dice pues todo está bien bonito, todo está bien padre, pero no tenemos esto, no tenemos aquello. Sí, a veces es un poquito de presión, pero yo creo mucho en esto”, confiesa en voz baja, como para que su esposa, al otro lado de la casa, no lo escuche.

Es que ya pasaron 5 años y no ha habido todavía resultados tangibles, dice.

“Yo pienso que estoy a un pasito. Este año, este año. Ya no me puedo echar para atrás. Mi hija se tuvo que regresar de Montemorelos porque nos quedamos sin dinero”.

Han pasado casi dos horas de entrevista con Don Miguel, y sigue enseñando sus creaciones. Orgulloso, saca unos que hizo el día anterior, los cuales dice mostró de inmediato a su esposa… pero pues ella quiere resultados, no más rompecabezas.

“Le digo a la gorda, aguanta tantito, ya aguantamos tantos años. Mi hija se tuvo que salir de la escuela, y en cuanto tenga algo de dinero le apoyaré para que termine sus tres semestres que le faltan”, expresa Herrera.

 

¿Y qué sigue?

Al terminar el semestre pasado, Don Miguel recibió el apoyo de los alumnos con una página web, desde la cual planea hacer mucho, dice.

Entre otras cosas, quiere habilitarla para seguir de cerca a los clientes de sus rompecabezas. Ahora, en cada uno de los juegos que venda quiere incluir un CD con todas las figuras que se logran y desde el cual el usuario pueda acceder a la página web. La idea es que los usuarios que logren crear una figura distinta a las más de 200 ya logradas, puedan registrarla y se añada a una amplia variedad.

“Quiero que las personas se sientan motivadas a hacer otras figuras”, dice. “Además, este rompecabezas lo quiero llevar al libro de Guinness Records”.

Sí, el sueño va en grande. Don Miguel quiere que se vaya acumulando la variedad, para luego registrarlo como el rompecabezas que más figuras logra en el mundo.

Y no se detiene en la creación de rompecabezas. Además de buscar la patente por los más de 60 que ya tiene, seguirá ahora con la serie de “imposibles”, juegos que involucran letras para ser armados. El potencial, dice, es infinito.

También espera la llamada del empresario que conoció en su visita al Centro Banamex el año pasado. Esa persona, de quien no recuerda bien su nombre, le pidió ya 10 mil rompecabezas que serán distribuidos en exclusiva a nivel global. En el Tec de Monterrey ya le tienen preparado el contrato y está asesorado por abogados. Todo está listo, sólo espera el depósito por la mitad de la producción, alrededor de 180 mil pesos.

“Este semestre nos toca comercialización, y después de eso me quiero meter a la aceleradora. Yo del Tec ya no me voy, eh”, expresa. “Siempre es bueno que personas que sepan lo guíen a uno”.

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